Bueno hace unos dias lei un articulo en el blog Encuentro en el Rìo Musical  y me encanto bastante, hablaba sobre la necesidad de escribir bien y como estas simplificaciones hacen   perder la emotividad en  la conversaciòn y el lenguaje en si;  y es cierto  pues  la esencia de escribir  con propiedad   se pierde cada dia que pasa  al igual que el de hablar en persona, pues con el avance de la tecnologia nos simplificamos cada vez mas y nos tomamos el tiempo “deliberadamente” para contestarle bien a la otra persona y no quedar mal.
El mensaje esta dicho “trata de escribir bien para que la otra persona te comprenda mejor ” 

  Cito un fragmento de la editorial del Diario la Primera (14/02/09) “Herrar es humano”  para darnos un ejemplo de la importancia de escribir bien

 Nuestro consuelo puede consistir en que no sólo en el Perú  se cuecen habas. Escribió el español Francisco Umbral: “La cultura de la errata está en los periódicos (seamos humildes), en la radio, en la calle y en el Parlamento. Aquí el que habla bien parece que habla cursi” (En Mis Placeres y mis días).

Por algo el sabio hispano José Esteban publicó hace pocos años el libro Vituperio (y algún elogio) de la errata.

Recuerda allí que el Papa Clemente XI, quien reinó entre 1700 y 1721, al descubrir un error en sus homilías recién publicadas, sufrió una apoplejía y en pocas horas rindió su alma al Creador.

El erudito cita esta errata en un verso de Ramón de Garcíasol: “Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas” que apareció impreso como “Mariuca se duerme y yo me voy de putillas”.

Manuel Ugarte, el gran escritor argentino que antes que nadie en el siglo XX predicó la unión antiimperialista de América Latina, dedicó a una bella un piropo que enloqueció en el camino. Quiso decir: ¡“Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta”, pero le salió “la tonta”.

A veces, la ausencia de tilde puede conducir al error y el horror. Ocurrió cuando un fulano, ante la muerte de la esposa de un amigo, escribió a éste: “Mi pésame por la perdida de tu mujer”. El viudo lo buscó para unos minuciosos puntapiés.

Nada iguala, sin embargo, un encadenamiento citado por don José Esteban. Una orden real pedía recompensar a una dama por sus “infinitos servicios”, pero se transcribió “por sus ínfimos servicios”. Se corrigió, y salió: “por sus infames servicios”. Al final pusieron: “por sus íntimos servicios

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