Siempre creí desde pequeño que mi vida seria emocionante: pensaba que viajaría por todo el mundo, escalaria montañas y descubriría reliquias y mundos perdidos; quería la vida de un aventurero, alguien que no se preocupa por nada que solo vive por el placer de enfrentarse a lo misterioso. Recuerdo que en la cabecera de mi cama no faltaban libros como Robinson Crusoe, Lawrence de Arabia o la Isla misteriosa; libros en los que me refugiaba porque siempre fui un ratón de biblioteca (o al menos así me decían en el colegio) y porque en ellos encontraba algo más emocionante que escuchar la clase de matemáticas; pues con ellos escapaba de la realidad, eran épocas en que tratando de emular a mis héroes literarios, iba con mis amigos al cerro, a la playa, al rio, a los cementerios y lugares encantados; jugábamos noche y día …rompiendo la cotidianeidad
El tiempo paso y aquellos libros se quedaron tirados en un rincón, llenos de polvo y empapados de olvido; los amigos desaparecieron lentamente entre las sombras de la realidad; hoy mi vida no es nada de lo que siempre soñé y que trataba de construirla en juegos, pues es todo lo contrario: vivo en la apatía y la monotonía me ha aprisionado cada día más a lo cotidiano: me levanto a las 6 a.m., desayuno lo primero que veo en la mesa, ingreso a la universidad y escucho la clase, converso sin razón alguna con cualquier persona, vuelvo de nuevo a mi departamento prendo el televisor o la computadora donde me quedo horas y horas buscando algún sentido a esta existencia que me hace sentir cada vez más solo, más estúpido
Muchos dicen que eso es madurar, volverse un adulto; una persona con responsabilidades; y si te ven jugando, escribiendo, leyendo cuentos; libros de aventura o imaginando cosas como antaño te dicen inmaduro; irresponsable, tarado. Yo no creo que madurar es hacer todo mecánicamente, preocuparse por el último chisme o buscar un reconocimiento; de que me serviría eso si pierdo esa esencia que no deje de mi niñez, solo para convertirme totalmente en una cosa, una pieza más de ese monstruo llamado cotidianeidad, puede que tal vez yo esté bien y los demás estén equivocados, pensar así me conforta un poco. Quizá todavía haya personas que piensen como yo, aisladas como superviviente de un naufragio, atrincherados en un bunker como paracaidistas, solo es cuestión de buscarlas y organizar la resistencia contra ese monstruo que amenaza destruir lo que creo y siento. La batalla ha comenzado…

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